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¡Ya bajó Pacheco!

¡Ya bajó Pacheco!

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Las historias de nuestra ciudad no se detienen. Inclusive, día tras día, son alimentadas por nosotros mismos, aunque en ocasiones lo hagamos de manera inconsciente. Ese es el caso de nuestra clásica expresión, especialmente cuando ya se acerca la época decembrina, para referirnos al bajón de las temperaturas en nuestra ciudad: ¡Ya está pegando Pacheco! Pues sí, Pacheco con P mayúscula porque ese es Antonio Pacheco.

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En esa Caracas de antaño, la de los techos rojos, un personaje icónico fue tomando cada vez más protagonismo entre los habitantes, Antonio Pacheco. Un modesto y entusiasta floricultor que residía en el pueblo de Galipán, ese hermoso pueblo de nuestra montaña, El Ávila, que ha servido de refugio para los caraqueños que quieren salir de la ciudad, sin salir de ella.

Antonio, cuando llegaba el mes de noviembre, tomaba la decisión de bajar hasta Caracas buscando huir del frío montañoso que se instala para esas fechas. Tomaba sus flores, preparaba las mulas y emprendía camino a Caracas. La ruta que usaba es el Camino de los Españoles, ese que en su momento transitó Alexander von Humboldt en 1799: “El camino de La Guaira al valle de Caracas es infinitamente más hermoso que el de La Honda a Santa Fe, y el de Guayaquil a Quito”.

La Puerta de Caracas en La Pastora era el punto caraqueño encargado de dar la bienvenida a Antonio Pacheco. Empezaba a vender sus flores a las afueras de la iglesia La Divina Pastora, y, cómo no, también descansar del viaje. Después de reposar seguía su camino hasta el mercado de las Flores de San José, donde, junto a otros galipaneros, terminaba de vender sus flores.

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Tres veces por semana Pacheco hacía este recorrido, subía y bajaba con sus mulas, las flores y su entusiasmo. En ese mismo ritmo se mantenía desde noviembre hasta enero, cuando ya empezaba a retirarse el frío en la montaña.

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Fueron tantos los años que Pacheco perseveró en su visita y su contacto tan dulce, amable y cercano con los caraqueños, que entonces empezaron a asociarlo con la llegada del frío, ese mismo que acompaña la Navidad de nuestra ciudad, exclamando: ¡Ya llegó Pacheco! o ¡Bajó Pacheco!

Ya vemos cómo las historias de nuestra Caracas no viven solas, sino que viven porque viven a través de nosotros. Ha quedado, entonces, más que claro: las historias de nuestra ciudad, ¡sí es verdad que no se detienen!

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