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Héctor Poleo y el dibujo congelado

Héctor Poleo y el dibujo congelado

Héctor Poleo

La obra de Héctor Poleo, vista a través de los ojos de una pequeña niña, nos hace reflexionar sobre la apreciación que le damos al arte en nuestro entorno.

En medio de nuestro vaivén diario y dentro del torrente humano del cual formamos parte al ingresar al sistema del metro, a veces, pueden ocurrir momentos de magia. No me refiero a esos momentos en donde entramos a un andén al mismo tiempo que el tren, ni tampoco a cuando encontramos sentarnos sin ser empujados por la multitud, sino a instantes que realmente se quedan grabados en nuestro interior, esos que nos hacen pensar un poco más profundo, como profundo se me quedó grabado el día en el que transitando por una de tantas estaciones me tropecé con una hermosa niña que, impávida, señalaba algo con su dedito índice que apuntaba hacia al frente. Cuatro añitos le calculé, busqué con la mirada a su representante y lo veo de espaldas a ella, sumergido en una conversación por su celular, en otro mundo distinto a aquel en donde nos encontramos la niña y yo. La pequeña halaba el pantalón del que presumiblemente era su padre, inútiles sus esfuerzos por llamar su atención. La pequeña y yo hacemos contacto visual y le pregunto: ¿Qué señalas, mi linda? a lo que ella responde: “Mira el dibujo congelado, es muy bello”.

A través de la mirada pura y descontaminada de la infancia, esta linda niña observaba, quizá por primera vez, un vitral. En su lenguaje buscó referencias para poder describir lo que sus ojos veían. Este era un dibujo que parecía estar hecho de trozos de hielo de muchos colores, y es bajo la luz del atardecer cuando, “El nacimiento del hombre” —nombre de la maravillosa obra—, alcanza su mayor brillo.

La niña estaba cautivada, este hermoso vitral del Maestro Héctor Poleo era algo totalmente nuevo para ella, y ¿para nosotros también? La niña y yo nos miramos, y en momento de complicidad nos reímos. Nos da alegría lo que podemos ver, —el azul es mi color favorito—, me dice. A lo que respondo — ¿En serio?, el mío también—.

¿Por qué nadie más se detenía como la pequeña a observar tan magnifico instante?, ¿Por qué solo ella era capaz de escuchar el llamado de los colores, las formas y la luz? Una vez me agacho para contemplar, al lado de la niña y a su misma altura, la belleza de esta obra increíble, un señor, con un jalón de su otro bracito, se la lleva sin inmutarse de lo que acaba de ocurrir a sus espaldas.

La niña nunca supo mi nombre, ni yo el de ella. El señor con quien viajaba nunca supo lo que sucedió en aquella estación, pero en mi corazón creció la esperanza de que si esa pequeña niña fue capaz de apreciar lo sublime de la belleza del arte, todos los demás también podremos hacerlo. Cuando decidamos subir la mirada, cuando decidamos desconectar por un momento de la ajetreada rutina, y darnos el placer de llenar nuestra alma de belleza, podremos hacerlo.

Nos rodean miles de obras maravillosas, y aunque brillan a pesar de no lucir como cuando eran nuevas, están allí esperando nutrirse con nuestra admiración.

Ese día el Maestro Héctor Poleo sonreía satisfecho, viendo hacia abajo quizás a una futura gran artista capturada por su magia. Ese día la niña me hizo entender la ceguera bajo la cual andamos a diario. Espero que la niña no olvide nunca ese momento que quedó grabado en mi corazón, capturado, ahora, en varios trocitos rojos dentro del hermoso vitral, y bajo la firma del gran Poleo.

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